Actitud: La Dramática Pero Determinante Diferencia Entre El Fariseo y El Publicano…

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El análisis de las parábolas de Jesús siempre deja profundas enseñanzas espirituales a sus lectores. Y aquella que contrasta la actitud que mostraron el fariseo y el publicano al orar en el templo no es la excepción. Es quizás una de las parábolas más recomendadas en el ámbito cristiano, para enseñar sobre la humildad y la correcta actitud y devoción que los hombres deben tener hacia Dios.

El fariseo y el publicano nos enseñan que realmente Dios no hace excepción de personas. Somos nosotros quienes con nuestras actitudes delante de Él y para con nuestro prójimo, nos posicionamos en un determinado grupo de personas; que bien puede ser, el de los aceptados delante de su presencia o el de los rechazados ante Él, lo cual por supuesto acarrea diferentes consecuencias.

El Fariseo y el Publicano en Perspectiva…

La Biblia nos muestra que el fariseo y el publicano eran dos personas que aunque hicieron lo mismo (acudieron al templo a orar) lo hicieron de maneras bastante diferentes. Aunque adoraban al mismo Dios (Yahvé o Jehová) su día a día transcurría de forma muy diferentes… y también tenían una perspectiva, conocimiento de Dios y conciencia de sus exigencias bastante distinta.

No es casual que Jesús use a ambos tipos de personas (el fariseo y el publicano) para darle a una gran lección a aquellos que “confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a los otros” véase Lucas 18:9.

¿Quien era el Fariseo para la época?

Muy por el contrario de lo que se cree y popularmente se tipifica, el fariseo no era en lo social un ser despreciable; ¡todo lo contrario! ser fariseo en aquel entonces significaba pertenecer a un estrato social superior. Los fariseos eran una especie de secta dentro de la religión judía muy prestigiosa, una forma de partido político de renombre e importancia; Mientras los saduceos representaban lo que pudiésemos decir el partido del templo. los fariseos eran el partido de las sinagoga.

Eran el mayor de los grupos religiosos de aquel tiempo y gozaban de gran prestigio y respeto por parte del pueblo; quienes le reconocían como “maestros” “estudiosos” y hasta “eruditos” de los escritos sagrados del momento (el Antiguo Testamento o la Torá). El pueblo siempre acudía a ellos en sus dudas acerca de la Ley.

Nicodemo, José de Arimatea y Saulo de Tarso eran fariseos, y se les distinguía por serlo. También lo eran la mayoría de los escribas; personas cuya profesión era leer y escribir para los demás. Aunque el oficio luego evolucionó, hasta convertirse en la de expertos de la Ley de Moisés.

Crearon numerosas normas destinadas, según ellos, a poner un cerco protector alrededor de la Ley de Dios, “para que esta jamás fuese quebrantada”; sin embargo solo lograron crear “cargas imposibles de llevar” (mandamientos que no podían cumplir), ni por ellos ni por el pueblo. Dando como resultado un ambiente general de falsa religiosidad, mucha hipocresía, y una desesperanza de la que pocos se libraban.

¿Quien era el Publicano del Momento?

Era denominado publicano un hombre que por el contrario de los fariseos; nada tenía que ver con la esfera religiosa. publicano era, quien tenía por oficio cobrar los tributos (o impuestos) regulares del estado al pueblo. en el caso Bíblico eran judíos que estaban al servicio del imperio romano; y cobraban los impuestos a su propio pueblo para entregarlo en las arcas del imperio.

Por tal motivo eran motivo de repudio y desprecio por todo el pueblo; quienes les veían como traidores y jamás les trataban o veían como a iguales. El ser publicano representaba en cierto sentido el estar separado de Dios; y ligado a la vida de los bienes materiales.

Algunos de ellos amparados por la ley romana cobraban más de lo que correspondía; por lo cual eran vistos como aprovechadores y oportunistas sin ningún temor de Dios. Y por causas culturales como traidores a la religión oficial; por trabajar en favor del imperio que les había subyugado.

La Perspectiva de Jesús…

Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. Lucas 18:10

Ya mencionamos que cuando Jesús comienza su parábola. No repara en hacer la aclaratoria de a quien o quienes va dirigida; “a quienes confían en sí mismos como justos y menospreciaban a los otros”. también comienza mencionando la ocupación de cada uno de los hombres que subió al templo a orar; únicamente con el fin de identificarlos. Para Jesús un hombre es un hombre sea cual fuese su oficio; lo que le distingue posteriormente es su actitud.

¡Y vaya que los fariseos tenían de qué jactarse! eran los conocedores de las escrituras sagradas de aquel entonces; los profesionales en la biblia para la época, aquellos a quienes el pueblo acudía en busca de guía. La Biblia dice textualmente de la actitud del fariseo lo siguiente:

“El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano”. Lucas 18:13-12

Es notable que Jesús indica que el fariseo “oraba consigo mismo”. Dios ve con qué disposición y propósito vamos a Él; Las palabras del fariseo muestran que este se sentía plenamente justificado por todo lo bueno que hacía… el fariseo hablaba consigo mismo porque sentía que no necesitaba a Dios para que lo aprobase o desaprobase; él estaba plenamente seguro de que sus obras le hacían aceptable delante de Dios.

Todo lo que este hombre hacía era ¡bueno! y recomendable sin embargo notamos que al final que él no es aceptado por estar lleno de sí mismo; de su ego y de su autojustificación. No pensaba ni demostró en momento alguno que valía la pena orar por la gracia y favor de Dios. Era una oración en la que menospreciaba al prójimo; y orgullosamente se vanagloriaba de lo que era, sin la mas minima pizca de arrepentimiento.

La actitud que marca la diferencia…

Sin embargo el publicano tuvo una actitud completamente diferente:

“Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.

Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido”. Lucas 18:13-14

La clave para entender esta parábola se encuentra en la reflexión final que hace nuestro Señor Jesucristo; se trata de un principio espiritual que ha de cumplirse cabalmente en todos aquellos que buscan agradar a Dios. “el que se enaltece será humillado pero el que se humilla será enaltecido”… pretender acercarse a Dios con una actitud arrogante, como si no necesitáramos de Él no es algo que le agrade.

Menospreciar al prójimo por causa de nuestros méritos y logros también es algo deplorable delante de Dios; sin importar cuales sean nuestros logros nuestra actitud debe ser la del apóstol Pablo quien no reparó en decir:

 Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo (…) 1 Corintios 15:10

La oración del publicano estaba llena de humildad, de arrepentimiento por el pecado y de deseos de Dios. No tienen ni una pizca de autosuficiencia, antes muestra una gran necesidad y dependencia; y sobre todo el deseo de que Dios haga su voluntad a pesar de su condición de pecador. Él, no está orando consigo mismo él está suplicando redención, gracia y favor al Dios todopoderoso.

Fue una oración breve pero con un claro propósito “Dios, sé propicio a mí pecador”… Y descendió justificado antes que aquel elocuente orador; solo porque se reconoció pecador, por naturaleza y costumbre culpable ante Dios. Y totalmente dependiente de su misericordia y favor.

Respecto a esto dice Matthew Henry:

El publicano no dependía de nada, sino de la misericordia de Dios, solo en ella confiaba. Gloria de Dios es resistir al soberbio y dar gracia al humilde. La justificación (verdadera) es de Dios en Cristo; por tanto es el que se condena a sí mismo; y no el que se justifica a sí mismo, el que es justificado delante de Dios…

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